viernes, 18 de abril de 2008

Gente muriéndose de hambre en la calle, durmiendo debajo de puentes...



El eterno argumento contra la libertad y en defensa de la redistribución, el cliché más repetido es que sí el gobierno no los protege, los más desfavorecidos sufrirán el destino cruel del animal débil de la manada: será devorado por las despiadadas fuerzas de un mundo darwinista. Homo homini lupus.

Es algo que se enseña en el colegio y no hace falta pensar, se repite de forma refleja y ya está. Nunca nadie se pregunta si esto es cierto.

El problema es que no es verdad. Primero los hechos:
Los países dónde más gente muere de hambre a lo largo de toda la historia y también en la actualidad son aquellos donde su alimentación depende del gobierno. Incluso Lenin lo descubrió cuando tuvo que elegir entre la hambruna más grande de la historia o permitir el cultivo privado con la NEP. Corea del Norte es el país (fuera de África) con más hambrunas del siglo XX. La hambruna en ciernes en Zimbabwe tiene bastante que ver con la expulsión de todos los agricultores blancos por parte del gobierno. Hay cientos de ejemplos. ¿Cuántos ejemplos de hambruna hay en países capitalistas? Incluso en lo peor de la Gran Depresión en USA murió menos gente por malnutrición que en la entonces “triunfante” Unión Soviética.

Y lo que es verdad en el extremo, también es verdad en el margen: había menos gente en infravivienda y sin techo en la República Federal de Alemania que en la RDA.


Pero ¿Cómo puede ser? ¿Quién se ocupaba de que comieran los pobres si no lo hacía el gobierno?
La respuesta pasa por examinar los errores de la premisa. Primero: en el Estado trabajan personas iguales al resto. Si la gente es miserable y egoísta, también lo serán los funcionarios. Si la gente es generosa y solidaria, se preocupa por los demás, los agentes del estado no lo serán más. Segundo: El Estado no tiene nada. Todo lo que tiene lo extrae (roba) a la sociedad civil. Lo que se gasta en pensiones es menos dinero que tienen los ahorradores o las ONGs o los consumidores. Cuando el gobierno no hace algo y mucha gente cree que debe hacerse, lo hace la sociedad civil. Hay ejemplos históricos de sistemas educativos, sanitarios, de pensiones creados por empresas con ánimo de lucro, por iglesias, sindicatos, mutuas, asociaciones.
Si estás necesitado, desesperado y hambriento, puedes confiar en un funcionario desconocido. Pero cuanto más podrás confiar en tu familia, tu párroco, tus compañeros, tus vecinos, en definitiva en tu comunidad. Además ¿Quién sabrá mejor si de verdad lo necesitas?¿Quién se asegurará mejor de que su ayuda es efectiva?

La redistribución forzosa NO es solidaria. La solidaridad, como la generosidad, es voluntaria. Entregale el poder para robar y repartir a alguien, y muy bueno tiene que ser para no abusarlo, mucho más bueno que quien ayuda a su vecino con su propio dinero.